¿Alguna vez un libro te ha dejado justo en la mitad — sin decepcionarte del todo, pero sin enamorarte del todo?
Es una sensación rara. Incómoda, incluso. Porque no es lo mismo que abandonar un libro que no te dice nada desde el principio. Es quedarte con algo que prometía mucho, que tuvo chispazos reales, pero que en algún punto perdió el hilo contigo. O tú con él.
Eso me pasó con Mamita (2025), de Gustavo Rodríguez. Y creo que vale la pena hablar de eso también, porque la experiencia lectora no siempre es un flechazo. A veces es algo más complejo y más honesto que eso.
Una reflexión previa: no todos los libros resuenan en el momento justo
A lo largo del camino lector, he aprendido algo que nadie te avisa al principio: no todo lo que se lee es memorable, y eso no siempre es culpa del libro ni del escritor. A veces eres tú. A veces es el momento. A veces un libro que no te engancha hoy, un año después te abre el mundo.
He dejado libros en la mitad que tiempo después, al retomar, me han parecido extraordinarios. Y he terminado libros muy celebrados que no me dijeron absolutamente nada. Así funciona esto. Y hablar solo de lo que amamos sin reconocer esa complejidad sería hacerle un flaco favor a cualquiera que esté construyendo su propio camino lector.
Con ese espíritu vienen estas palabras.
De qué trata Mamita
Gustavo Rodríguez es un escritor peruano nacido en Lima en 1968, conocido por una narrativa que mezcla con destreza lo cotidiano y lo emocional. Mamita (2025) es un libro que nace de un gesto profundamente personal: Rodríguez lo escribe pensando en entregárselo a su madre, quien, por su avanzada edad, quizás sea la última obra suya que ella pueda leer.
Con esa premisa como punto de partida —tan íntima, tan cargada de tiempo—, el libro teje dos hilos en paralelo: la historia familiar de esa madre y el presente del propio escritor mientras la escribe. Memoria y vida cotidiana. Pasado y presente. Lo que fue y lo que todavía es.
El arranque es muy bueno. Hay una historia inicial donde no sabes cuánto es ficción y cuánto es leyenda familiar, y esa ambigüedad te atrapa desde el principio. El libro sabe a Latinoamérica — y cuanto más leo narrativa latinoamericana junto a narrativa española, más percibo esa diferencia: en Latinoamérica hay una entraña para contar, una forma de habitar las historias desde adentro, que es difícil de definir pero inmediata de sentir.
Lo que funcionó: tres personajes que se robaron el libro
Hay momentos realmente conmovedores en Mamita. Y hay tres personajes secundarios que, para mí, se llevaron lo mejor del libro.
Hitler, el chofer que acompaña y transporta al escritor a lo largo de la historia. Con ese nombre tan peculiar — que ya de entrada te detiene — y esas conversaciones profundas que sostiene con el protagonista, Hitler funciona como espejo, como confidente y como fuente de un humor inesperado. Es el tipo de personaje secundario que terminas queriendo más que al principal.
Chelita, una perrita rescatada de un taller mecánico donde intentaron, con métodos crueles, convertirla en un animal agresivo. Nunca lo lograron. Cada vez que Chelita aparece en una escena, algo se afloja en el pecho: podía imaginar perfectamente esa mirada suya — triste, agradecida, entera a pesar de todo. Es el tipo de presencia literaria que no se olvida.
Roni, el hermano del escritor, encargado del cuidado de la madre. Con su pasado cargado, su vacío particular y un humor tan ácido como tierno, Roni es quizás el personaje más complejo del libro. El que más preguntas deja abiertas. Y el que, por eso mismo, más se queda.
Estos tres me los llevo. Sin duda.
Lo que no terminó de encenderse
Y sin embargo, algo faltó.
La historia de la madre — que es, en teoría, el corazón del libro — no logró engancharme del todo. Hay momentos conmovedores, sí, pero llegan como chispazos aislados en lugar de construir una corriente sostenida. El libro tiene, en ciertos tramos, lo que podría describirse como un freno de mano: avanza, promete, y luego algo lo detiene antes de llegar a donde podría llegar.
No sé si fui yo. No sé si fue el momento en que lo leí. Tal vez en otro punto de mi vida este libro me hable de otra manera. Eso también pasa.
Lo que sí sé es que hay libros que necesitan tiempo para resonar. Que una primera lectura no siempre es la definitiva. Y que reconocer eso — en lugar de fingir que todo fue extraordinario o todo fue decepcionante — es parte de leer con honestidad.
Por qué vale la pena leerlo de todas formas
A pesar de todo lo anterior, Mamita tiene cosas que justifican leerlo. La premisa es poderosa. El arranque funciona. Los personajes secundarios son memorables. Y hay en su escritura esa temperatura latinoamericana que, para quien la aprecia, ya es suficiente motivo.
Además, es un libro breve. No exige demasiado tiempo ni demasiada energía. Y a veces eso, en sí mismo, es un argumento.
Si eres lector o lectora de narrativa peruana o latinoamericana contemporánea, Mamita tiene su lugar en esa conversación. No como el libro del año, pero sí como una voz con personalidad propia y momentos que valen.
¿A ti te ha pasado alguna vez con un libro? ¿Uno que prometía, que tenía momentos brillantes, pero que al final se quedó a la mitad contigo? Cuéntame en los comentarios. Me interesa mucho saber si fue el libro o fuiste tú — y si el tiempo lo cambió. 📚🫶🏽
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