¿Por qué nos cuesta tanto a nosotras romper el cordón umbilical?
No el literal, claro. Ese lo cortaron hace tiempo. Me refiero al otro: el que une a una hija con su madre de maneras que no siempre elegimos, que no siempre vemos y que, cuando finalmente miramos, ya no sabemos muy bien dónde empieza una y dónde termina la otra.
Este mayo, sin planearlo, la vida me puso delante dos libros que tocaban exactamente ese hilo. Primero Las huérfanas, de Melba Escobar —del que hablé la semana pasada—. Y justo después, este: Las hijas horribles (2024), de la escritora española Blanca Lacasa.
Me dejó con un sabor semiamargo. No por su calidad, sino por todo lo que removió en mí.
De qué trata Las hijas horribles
Las hijas horribles es un ensayo sobre la relación entre madres e hijas: esa dinámica que todos conocemos, que pocos analizan con honestidad y que Blanca Lacasa decide mirar de frente desde distintas perspectivas.
Lo que hace especialmente interesante el libro es su estructura: cada capítulo está enriquecido con pequeños fragmentos de historias reales, testimonios de mujeres en distintas etapas de la vida y en circunstancias muy diferentes, que funcionan como pequeños espejos colocados estratégicamente a lo largo del texto.
Espejos que, vistos con un poco de distancia, rechinan.
No me encantó verme reflejada en muchos de ellos. Pero eso, precisamente, es la señal de que un libro está haciendo bien su trabajo.
La trampa de querer ser los buenos de la película
Hay algo que Lacasa señala en el libro y que resonó con fuerza en mí: la presión de esta época por cumplir con una idea sanitizada de lo que debe ser una madre y de lo que debe ser una hija.
Vivimos en un tiempo donde hay mucha moral que administrar. Donde queremos ser siempre los buenos de la historia. Y en ese intento de construir relaciones perfectas, de purificar lo que es por naturaleza caótico y complejo, terminamos amalgamando algo que puede volverse tremendamente tóxico.
No quiero una vida purificada de todo lo difícil. Pero sí me gustaría una más libre: con menos etiquetas, con menos expectativas heredadas, y con la valentía suficiente para aceptarnos humanas — con todos nuestros claroscuros. Sin que eso sea un fracaso.
La trampa más grande: juzgarlas desde nuestro presente
Aquí es donde más coincido con la autora, y también donde más me incomodé.
Una de las trampas más frecuentes que describe el libro es la de juzgar a nuestras madres desde quienes somos hoy, con las herramientas que tenemos hoy, con la perspectiva que hemos construido después de años de terapia, lecturas y conversaciones que ellas nunca tuvieron.
Es una trampa fácil de caer. Porque mirar hacia atrás con ojos críticos da la ilusión de que estamos trabajando en nuestra historia. Pero a veces esa mirada se vuelve obsesiva, y en lugar de liberarnos nos ancla. Y mientras miramos obsesivamente a nuestras madres, olvidamos lo más importante: que esto va de nosotras. De nuestras vidas. De nuestro presente.
Aprender a dejar de ser esa hija. Relacionarnos con nuestras madres desde quienes somos hoy — y desde quienes son ellas hoy, con su propia edad, su propio cansancio, sus propios límites. Eso es muy complejo de lograr. Pero también sería muy valioso.
Un libro para leerse y leer a partir de él
Lo que más valoro de Las hijas horribles es que no pretende darte respuestas limpias. No es un manual de cómo relacionarse con tu madre ni una lista de pasos para sanar el vínculo. Es un análisis honesto, a veces incómodo, que te obliga a hacer preguntas que quizás preferirías no hacerte.
Y eso, para mí, es exactamente lo que debe hacer un buen ensayo.
Aún tengo mucho por digerir de este libro. Ha sido una gran experiencia leerlo — y leerme a través de él. Así que hay trabajo por hacer. Y eso, aunque a veces pese, también es una buena noticia.
Una lectura de mayo que no planeé
Me parece significativo que este libro llegara en mayo, el mes en que muchos países celebran a las madres. No fue planeado. Pero pocas veces la sincronía es tan exacta.
Leer Las huérfanas y Las hijas horribles en el mismo mes fue como recibir dos caras de la misma conversación. Dos escritoras, dos países, dos formas de mirar la misma relación. Y en ambos casos, la misma invitación: a mirarnos con más honestidad, con menos idealización y con más compasión — hacia ellas y hacia nosotras mismas.
¿Has leído a Blanca Lacasa? ¿O hay algún libro sobre la relación madre-hija que te haya puesto un espejo delante sin pedirte permiso? Cuéntame en los comentarios. 📚🫶🏽
Y si quieres seguir la conversación, encuéntrame en Instagram: @alto_voltaje_emocional