Estoy haciendo mis lecturas mexicanas de septiembre y decidí juntar Pensar México, de Maruan Soto Antaki, con México en la mesa, de Guillermo Bermúdez y Martha Elena García.
Y vaya buen maridaje que me salió.
Pensar México: las sacudidas que hacen falta
Leer a Maruan Soto Antaki no es precisamente una actividad relajante. 😂
Su escritura te obliga a detenerte, investigar, cuestionar y, muchas veces, hacer tarea después de cerrar el libro. En Pensar México, publicado por Taurus en 2017, analiza distintas contradicciones de la realidad mexicana desde una mirada profundamente crítica.
Lo que más me interesa de Maruan es precisamente su capacidad para leer México.
Hijo de madre siria y padre mexicano, nació en Ciudad de México y creció entre distintas culturas y países. Él mismo ha hablado de cómo esa experiencia terminó formando su manera de mirar tanto México como el mundo árabe.
Hay algo particularmente poderoso en leer a México desde esa mirada: no es una mirada completamente externa, pero tampoco está limitada por una sola pertenencia.
Y eso le permite formular preguntas incómodas.
Una de las que más se me quedó dando vueltas tiene que ver con la violencia y con nuestra capacidad para normalizarla: ¿qué país puede llamarse serio cuando existen fosas clandestinas con cuerpos?
Me dio tristeza leerlo.
Y más tristeza todavía reconocer cuánto de lo que dice sigue siendo difícil de ignorar.
Entonces necesitaba comerme a México. Literalmente.
Como ando en una etapa emocional bastante sensible, decidí que después de semejante sacudida necesitaba algo que me devolviera un poquito de alegría.
Así que abrí México en la mesa, de Guillermo Bermúdez y Martha Elena García.
Error.
Bueno… no exactamente. 😂
Porque resultó que el libro también tiene su dosis de tragedia: nuestros ingredientes, nuestras tierras y nuestras tradiciones gastronómicas también enfrentan problemas cuando dejamos de valorar la diversidad y empezamos a querer estandarizarlo todo.
Pero aquí ocurrió algo muy curioso.
Mientras leía, mi cabeza dejó de analizar y empezó a recordar.
Sabores.
Olores.
Texturas.
Mercados.
Comidas.
Momentos.
Y, de repente, estaba llorando.
Porque para mí la comida mexicana no es solamente comida. Está profundamente ligada a la memoria.
Hay sabores que tienen dirección postal.
Sabores que saben a una persona.
A una casa.
A una sobremesa.
A una época de la vida.
A México.
Y supongo que ahí encontré mi pequeña válvula de escape.
Dos libros y una misma pregunta
Este maridaje terminó siendo mucho más personal de lo que esperaba.
Pensar México me hizo mirar al país desde la razón: sus contradicciones, sus problemas, sus heridas y nuestra dificultad para enfrentarlas.
México en la mesa me hizo volver a él desde los sentidos: desde aquello que todavía podemos reconocer con los ojos cerrados.
Uno me hizo pensar.
El otro me hizo recordar.
Y los dos, de alguna manera, me hicieron querer a México desde lugares muy distintos.
Pero esta vez no siento nostalgia.
Siento dolor.
El dolor de mirar desde lejos y descubrir que algunas cosas que amamos también pueden desaparecer si no las cuidamos.
Quizá eso es lo que me dejó este maridaje: entender que pertenecer a un lugar no significa idealizarlo. También significa poder mirarlo de frente, cuestionarlo, reconocer lo que duele y, al mismo tiempo, seguir encontrando aquello que merece ser cuidado.
Y sí… después de leer a Maruan, comer México en forma de libro fue exactamente lo que necesitaba. 📚🌮
¿Qué lectura mexa me recomiendas pa’ este mes “patrio”?
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